

OPERACIÓN LACTOSA
GÉNERO: Novela
Bernardo Trenzas estaba donde no debía. No porque fuera un soldado negligente ni un irresponsable —aunque, en cierto modo, eso también era cierto—, sino porque su existencia, simple y torpemente humana, se había colado en un universo que no estaba hecho para personas como él. La Segunda Guerra Mundial rugía a su alrededor, y él avanzaba con pies planos que no podían sostener su peso, como dos tablas de madera mojadas que se resbalaban sobre el barro de las trincheras. Cada paso era un riesgo calculado; cada resbalón, un recordatorio cruel de su fragilidad física.
El fango lo abrazaba por las piernas, pegajoso, frío y oloroso, con un aroma a tierra húmeda mezclada con pólvora y sudor rancio. Bernardo, que siempre había tenido un olfato demasiado sensible, notaba cada matiz: el leve perfume metálico de la sangre seca, el olor agrio del pan mohoso de las raciones, la humedad penetrante que se filtraba por sus botas. Todo eso formaba parte de un mundo que no lo esperaba, y él lo recorría como quien camina por una ciudad extranjera, sin mapa ni guía, solo con la determinación absurda de permanecer entero y, sobre todo, de permanecer él mismo.
Su carácter era una maraña de contradicciones. Era tímido y torpe, pero podía enfrentarse a la artillería con un temple inesperado. Era frágil, sí, pero también obstinado, capaz de arrastrarse por un campo minado solo para recuperar un mapa mojado que nadie había pedido. Y, bajo esa apariencia de desastre ambulante, había un sentido del humor imposible de extinguir: burlón consigo mismo, irónico con el mundo y extrañamente creativo en medio del horror. Su supervivencia dependía tanto de la suerte como de su imaginación.
Aquella mañana, la niebla se aferraba a la trinchera como un paño húmedo que nadie podía apartar. El barro, negro y pegajoso, se llevaba las botas a cada paso, y el viento traía consigo el olor de los bosques lejanos y de cuerpos que nunca serían enterrados correctamente. Bernardo avanzaba con cuidado, sosteniendo su fusil con manos temblorosas y sintiendo que cada inhalación era un pequeño triunfo sobre el pánico que amenazaba con devorarlo.
A veces se sentaba en un rincón, apoyando la espalda contra la madera mojada de la trinchera, y respiraba el aire cargado de humo y humedad, intentando recordar cómo era su vida antes de este lugar. Antes, pensaba, las preocupaciones eran simples: zapatos que apretaban, café que estaba demasiado caliente, libros que se caían de la estantería. Aquí, la preocupación era más grande y, sin embargo, extrañamente familiar: mantenerse vivo. Mantenerse entero. Mantener intacta la parte de sí mismo que no quería que este mundo le robara.
El capitán Schmidt, que solía gritar órdenes sin mirar, se acercó a Bernardo con pasos ruidosos sobre la madera húmeda. Bernardo se agazapó un poco más, temiendo ser atrapado en un regaño absurdo. Schmidt le lanzó un vistazo crítico, entre cansancio y sospecha, y luego continuó su camino, dejando detrás un rastro de olor a cigarro mojado y sudor rancio. Bernardo suspiró. Cada encuentro, por mínimo que fuera, parecía un juicio sobre su capacidad de sobrevivir. Y él, en su torpeza adorable, siempre parecía al borde del desastre.
En las trincheras, los pequeños detalles se volvieron monumentales: una grieta en la madera podía significar un dedo aplastado; un charco demasiado profundo, un calcetín empapado hasta la muerte; un silbido a lo lejos, la señal de que quizá hoy no regresaría a dormir bajo un techo de tela y madera. Bernardo aprendió a moverse despacio, a escuchar el barro, a leer los árboles, a temer y a reír al mismo tiempo, porque la guerra era absurda y él también lo era, y quizás esa combinación era su única protección.
Y había otra cosa que lo hacía sentir aún más vulnerable, aunque todavía no era momento de revelarlo: un pequeño secreto que guardaba en su cuerpo, una anomalía que nadie debía notar. Algo tan extraño que, de ser descubierto, podría convertirlo en una especie de fenómeno de laboratorio o de leyenda urbana. Un misterio íntimo, casi ridículo, que Bernardo sentía palpitar junto con su corazón acelerado cada vez que escuchaba la artillería cercana. La idea de que alguien pudiera descubrirlo lo llenaba de un terror silencioso, más punzante que cualquier explosión o disparo.
Esa mañana, mientras la niebla se deshacía lentamente y los primeros rayos de sol trataban de atravesar el gris del horizonte, Bernardo avanzaba de nuevo por el barro, consciente de cada sonido, cada olor, cada sombra. Había momentos en los que sentía que el mundo entero estaba atento a él, observando su torpeza, evaluando su fragilidad. Y, en cierto modo, era verdad: la guerra no espera, no perdona, y mucho menos entiende a los que caminan con pies planos y un corazón demasiado grande para sobrevivir sin tropiezos.
Durante horas, Bernardo permaneció en silencio, siguiendo órdenes que no entendía completamente, observando la maraña de barro, madera, humo y cuerpos que formaba la trinchera. Su mente vagaba entre recuerdos y fantasías: imaginaba pasteles que podrían neutralizar bombas, soldados que bailaban para distraer a los francotiradores, y árboles que le hablaban en un idioma secreto que solo sus pies planos podían interpretar. Todo era absurdo y, sin embargo, necesitaba creerlo. Necesitaba creer que la guerra, con todo su horror, podía transformarse en algo casi cómico si uno tenía suficiente imaginación.
Fue al final de ese día, cuando la trinchera parecía calmarse y los sonidos lejanos de artillería se volvieron ecos más suaves, que Bernardo se permitió un instante de vulnerabilidad. Se sentó en el barro, apoyando los brazos sobre las rodillas, y sintió el frío penetrando su uniforme empapado. Y entonces ocurrió algo imposible de ignorar: un pequeño chorro tibio que apenas percibió al principio, y que provocó que su corazón diera un salto abrupto. Su secreto, guardado celosamente hasta ahora, había decidido revelarse: uno de sus tres pezones, aquel que él llamaba “el traidor” en silencio, producía leche.
Bernardo se quedó quieto, inmóvil como una estatua ridícula, contemplando la absurda verdad de su existencia. Allí estaba, en medio de la guerra, con barro hasta las rodillas, pies planos que temblaban y un pezón que desafiaba todas las leyes de la naturaleza. Y aunque nadie más lo sabía todavía, Bernardo comprendió que su vida estaba a punto de volverse mucho más complicada… y, de algún modo, infinitamente más absurda.
Porque en la guerra, como en la vida, el verdadero peligro no siempre es lo que ves venir. A veces, es lo que guardas en secreto, lo que nadie se atreve a imaginar, lo que transforma cada momento de supervivencia en una aventura que no terminará hasta que alguien decida escribir el próximo capítulo.
Y así, mientras la niebla se levantaba lentamente y el olor a pólvora se mezclaba con el barro y el humo, Bernardo supo que la historia apenas comenzaba…
Capítulo 1: CHUPA Y MAMA QUE SE DERRAMA!!!
Bernardo Trenzas no siempre fue un soldado torpe y frágil perdido entre trincheras y barro. Antes de la guerra, antes del uniforme y de los pies planos que crujían a cada paso, hubo un pequeño pueblo en Galicia donde todo comenzó: un lugar de casas bajas con tejados de pizarra húmeda, callejuelas estrechas donde el barro se mezclaba con hojas caídas y el olor a lluvia nunca desaparecía. El río serpenteaba cerca, oscuro y frío, lleno de secretos y de truchas imposibles de pescar, y el aire olía a vaca, a leña quemada y a pan recién horneado que nunca alcanzaba a enfriarse.
Allí vivía Bernardo con una familia que, aunque con raíces gallegas, tenía parientes alemanes que lo habían dejado de bebé para que “aprendiera a ser fuerte”, según decían. Era un niño de aspecto normal, salvo por su curiosidad insaciable y la extraña fascinación que sentía por la leche. Al principio, no tenía ni idea de que aquella obsesión le iba a cambiar la vida: lo primero que descubrió fue que la leche no siempre viene en un vaso. En la granja de los Trenzas, como en todas las granjas gallegas, se tomaba directamente de la vaca, y al principio a Bernardo le dio un asco monumental.
—¡No puedo! ¡Esto es… es… repugnante! —gritaba mientras la ubre temblaba en sus manos infantiles—. ¡No voy a beber eso!
Pero su madre, mujer de hierro y pocas palabras, lo miró con esa mirada que decía “si no bebes, te comes el pan mojado en agua sucia” y Bernardo cedió. Dudoso, con la cara arrugada por la mezcla de horror y curiosidad, probó un sorbo… y, milagrosamente, su cuerpo reaccionó. Algo empezó a cambiar en su interior. Su pecho, pequeño y flácido como el de cualquier niño de cinco años, comenzó a palpitar de manera extraña, y de un pequeño pezón que nadie había notado brotó un hilo tibio de leche.
El primer día pensó que era magia, o quizá un hechizo de Galicia, donde las vacas y los ríos parecen conspirar con los niños. Pero no, era real. Y fue solo el comienzo.
A medida que crecía, Bernardo desarrolló tres pezones —dos normales y uno, al que más tarde llamaría el “traidor”, que tenía la absurda capacidad de secretar leche con cada emoción intensa**: miedo, excitación, vergüenza, nerviosismo.** La familia, algo supersticiosa, hablaba de “bendición de vaca y del río”, y lo miraban con una mezcla de orgullo y terror: “¡Con cuajo que ese niño va a ser raro!” decían mientras él corría por los prados, esquivando vacas y charcos de estiércol.
No fue fácil. Bernardo tuvo que aprender a mantener la discreción desde pequeño, porque en un pueblo donde todo se ve y todo se comenta, un niño que produce leche no pasa desapercibido por mucho tiempo. Sin embargo, su imaginación compensaba cualquier humillación. Inventaba historias donde su pezón traidor era un superpoder secreto, algo que le permitiría salvar al mundo algún día, o al menos preparar el mejor queso de tetilla que Galicia hubiera conocido.
Una anécdota que lo definió ocurrió cuando tenía nueve años. La familia debía ordeñar temprano y Bernardo, como todos, debía ayudar. Esa mañana, más nervioso que nunca porque había una inspección de parientes alemanes, sintió que el pezón traidor se activaba. Intentó esconderlo, pero la leche brotó como un pequeño manantial justo cuando se inclinaba sobre la vaca. Por supuesto, Bernardo salió corriendo, empapado, y la vaca lo miró como si comprendiera que él no estaba listo para este secreto. Su madre, entre carcajadas y reprimendas, dijo:
—¡Con cuajo, Bernardo! ¡Si no espabilas, nos quedamos sin desayuno!
El niño, empapado y con el corazón acelerado, tuvo que volver y, a regañadientes, tomar el sorbo de leche directamente de la ubre para poder comer. Fue un momento de horror y aceptación simultáneos: asco y supervivencia se mezclaron, y Bernardo entendió que la vida es absurda, y que a veces lo absurdo te salva.
Los días siguientes fueron una escuela de paciencia y discreción. Aprendió a medir cada emoción, a controlar los nervios, a reír por dentro mientras su pezón traidor se activaba en los momentos menos oportunos. La leche, que al principio era repugnante, se volvió parte de su rutina secreta. En los inviernos húmedos del pueblo, con la lluvia golpeando los tejados de pizarra, Bernardo pasaba horas corriendo por los prados, practicando cómo no dejar que nadie lo descubriera. Las vacas se convirtieron en confidentes silenciosas, los charcos en espejos donde practicaba gestos y miradas, y la leche… bueno, la leche se volvió su primer y más absurdo superpoder.
Era un niño que caminaba entre barro y pastos húmedos, con un corazón que latía demasiado fuerte y un secreto imposible de guardar. La vida le enseñó desde temprano que la fragilidad no es debilidad, sino un arma secreta. Que la incomodidad puede transformarse en habilidad. Que lo absurdo puede salvarte la vida… aunque aún no lo supiera.
Y así, entre prados mojados, vacas desconcertadas y parientes alemanes que murmuraban cosas que Bernardo no entendía, comenzó su entrenamiento secreto para sobrevivir a lo que vendría: la guerra, las trincheras, los barrotes de la incomodidad humana, y los absurdos desafíos que solo alguien con tres pezones y un corazón nervioso podría enfrentar.
Porque lo que empezó como un horror infantil se transformaría, años más tarde, en la herramienta más improbable para sobrevivir en medio de explosiones, barro y locura bélica. Y, aunque todavía nadie lo sabía, el pezón traidor estaba allí, esperando su momento, latiendo con cada miedo, con cada risa contenida, con cada paso torpe que Bernardo daba hacia un destino que parecía imposible de imaginar.
Y es así como la historia de Bernardo Trenzas, el niño con tres pezones y un secreto lácteo, comienza. En Galicia, entre barro, vacas y lluvia, nadie sospechaba que aquel niño frágil, torpe y nervioso algún día sería protagonista de una guerra absurda.
Capítulo 2: La Llegada
Septiembre de 1942. La Segunda Guerra Mundial avanzaba con su habitual mezcla de terror, confusión y barro, y yo, Bernardo Trenzas, me encontraba en el punto más absurdo de mi existencia: recién reclutado y completamente desnudo, salvo por los calzoncillos raídos que mis padres habían considerado “apropiados para el invierno”.
El campo de instrucción estaba en algún lugar indefinido de Francia ocupada, aunque yo sospechaba que los mapas habían sido dibujados por niños aburridos y aburridas adultas. El aire olía a humo, sudor y miedo recalentado; los gritos de los sargentos eran tan constantes que parecía que cada sílaba podía perforar la piel si uno no se movía lo suficientemente rápido. Y yo me movía… mal. Muy mal. Torpe, con pies planos que resbalaban en el barro como si cada paso fuera un experimento de física fallido.
—¡Adelante, reclutas inútiles! —gritó un sargento que parecía tener un ojo más grande que el otro—. ¡Cuerpo a tierra, ahora, o aprenderán a conocer el barro hasta en sus sueños!
Mi cuerpo, delgado hasta lo escuálido, se inclinaba hacia adelante, temblando de nervios y frío. El barro mojaba mis pies y subía por los tobillos, pegándose a mi piel como si quisiera marcarme desde el inicio. Cada paso era una lucha, no solo contra la instrucción militar, sino contra la vergüenza que sentía al pensar que cualquier movimiento en falso podría delatar mi secreto: mis tres pezones, aquel tercero que no debía ver la luz del mundo y que, en momentos de estrés extremo, decidía activarse sin permiso.
Recuerdo pensar que quizás debía hablar en primera persona, narrar mis propias desgracias, porque nadie más podría entender la absurda combinación de miedo, hambre y paranoia que sentía al andar en calzoncillos frente a un centenar de soldados que no me conocían y a los que yo tampoco podía mirar a los ojos.
—¡Arriba, cuerpo a tierra! —volvió a gritar el sargento, y yo resbalé en un charco oscuro que olía a algo entre café rancio y estiércol—. ¡Y tú, escuálido, parece que has nacido para ser trinchera!
Por suerte, en medio del caos, algo me dio un poco de esperanza: una enfermera apareció con un pequeño botiquín. No dijo una palabra, solo dejó una tira adhesiva blanca cerca del improvisado campamento de reclutas y desapareció con la naturalidad de quien deja un objeto mágico en manos de un niño que aún no sabe volar. Mis ojos se encontraron con los suyos un instante: pelo recogido, mirada firme, labios ligeramente curvados. No hablé, no respiré demasiado fuerte, pero sí pensé que era guapa. Y que esa tirita podía salvarme la vida… o al menos la dignidad.
Mi misión inmediata estaba clara: ocultar el tercer pezón mientras conseguía colocar aquella tirita sin que nadie se diera cuenta. El resto de los reclutas apenas se preocupaba por mis problemas; ellos tenían los suyos: el frío, la sed, la absurda obligación de marchar en barro hasta que los tobillos se volvieran gelatina. Yo, en cambio, tenía que luchar contra un enemigo invisible y cruel: mi propio cuerpo.
La instrucción avanzaba a golpes de gritos y caídas, y yo aprendía con horror que cada vez que me agachaba, doblaba o giraba demasiado rápido, sentía cómo el tercer pezón vibraba con el estrés acumulado. Era un pequeño traidor interno, un reloj biológico que no podía controlar. Gracias a la enfermera y su tirita, logré cubrirlo discretamente, pero mi paranoia aumentaba: ¿y si alguien se acercaba demasiado? ¿y si un compañero curioso notaba algo extraño bajo mi camiseta?
Mientras colocaba cuidadosamente la tirita, mis pensamientos vagaban hacia Galicia, hacia los prados y las vacas, hacia la leche tibia que brotaba de aquel mismo pezón en mi niñez. Pensaba en cómo todo aquello que parecía tan absurdo en mi infancia ahora se convertía en un secreto vital, una especie de arma invisible que debía proteger a toda costa. Y, sin embargo, allí estaba yo, en plena guerra, con pies planos, escuálido, calzoncillos embarrados y un fusil aún por estrenar apoyado torpemente en la madera del campamento.
El día avanzaba entre órdenes absurdas, caídas y resbalones, y yo me preguntaba cómo sería posible que sobreviviera a algo tan ridículamente serio. Cada grito del sargento, cada pisada en el barro, cada mirada de los compañeros me hacía sentir que estaba jugando a un juego imposible, donde la estrategia más sofisticada era no ser descubierto… ni por ellos ni por mi propio cuerpo.
Y mientras la tarde caía, con un cielo gris que parecía llorar sobre nosotros, comprendí que aquel primer día no sería el único en que tendría que ocultar lo imposible. La guerra era larga, absurda y peligrosa, y yo, con mis tres pezones, mis pies planos y mi delgadez extrema, acababa de descubrir que la supervivencia dependía de inventar nuevas formas de ser invisible sin desaparecer del todo.
El tercer pezón permanecía cubierto, la tirita sujetaba su secreto como un pequeño escudo improvisado, y Bernardo respiraba con la intensidad de alguien que acaba de sobrevivir a un huracán de barro, gritos y miradas inquisitivas. Pero mientras observaba a los demás reclutas recoger su uniforme, torpes y cubiertos de lodo, un pensamiento se le clavó en la mente como un alfiler invisible: esto no era solo un día de llegada. Cada orden absurda, cada resbalón, cada mirada curiosa era un recordatorio de que la guerra tenía ojos por todas partes… y que él, con su escuálido cuerpo y su secreto ridículo, no podía permitirse ni un solo descuido.
Un silbido lejano anunció el final de la instrucción, pero Bernardo sintió que algo lo acechaba más cerca que cualquier sargento: la certeza de que, tarde o temprano, alguien descubriría lo imposible. Y en ese instante, con la tirita temblándole en el pecho y el barro resbalando entre sus dedos, comprendió que la verdadera batalla apenas comenzaba, y que no sería contra enemigos a distancia ni explosiones lejanas… sino contra cada segundo en que su propio cuerpo pudiera traicionarlo.
Bernardo miró el horizonte gris del campamento, los fusiles apoyados torpemente en la madera, los charcos de barro que reflejaban la luz mortecina, y sintió un escalofrío que no era frío ni miedo, sino algo intermedio: la anticipación absurda de lo que estaba por venir.
Y mientras el crepitar lejano de la artillería parecía burlarse de su delgadez y de su secreto, Bernardo supo, sin poder evitarlo, que mañana, todo podría ser aún más ridículo… y peligroso.
Capítulo 3: La Litera
El barracón olía a sudor viejo, madera húmeda y un toque persistente de jabón barato que intentaba, sin éxito, enmascarar todo lo demás. Al entrar, mis ojos se encontraron con la maraña de literas, uniformes colgados torpemente y botas embarradas que parecían más un obstáculo que un accesorio militar. Era un mundo paralelo al que había imaginado mientras corría entre charcos y gritos; un mundo donde cada sombra parecía observarme y cada respiración ajena era un recordatorio de mi fragilidad.
Me deslicé entre las literas, tratando de no tropezar con las mochilas amontonadas. Cada movimiento era un cálculo imposible: pies planos, escuálido hasta la exageración, y un secreto que me vibraba en el pecho cada vez que sentía estrés. No puedo dejar que nadie lo note, pensé mientras pasaba junto a un tipo que, con sus brazos como troncos y una mirada que podía aplastar hormigas, me hizo retroceder un paso.
Él era el fortachón del barracón, el que no necesitaba gritar para imponer miedo; solo bastaba que sus ojos recorrieran la habitación, midiendo, evaluando, marcando territorio. Su nombre no importaba realmente, y yo ni siquiera quería recordarlo. Lo llamaremos “el coloso”, y su presencia convertía cualquier movimiento mío en un acto de espionaje absurdo. Cada vez que me acercaba a mi litera, sentía que estaba cruzando un campo minado invisible, y que cualquier descuido podía delatar mi secreto.
—Eh, tú, delgaducho… —musitó sin mirar, mientras se reclinaba sobre su litera superior—. Si tropiezas, me avisas.
Sí, claro, pensé, intentando que nadie escuchara. Como si fuera a hacerlo a propósito… y sin que se note que estoy pensando en… no, no debo ni pensarlo. Mi pecho palpitaba, y el tercer pezón, traidor como siempre, me recordó su existencia con un ligero cosquilleo. Lo cubrí discretamente con la manga de mi camiseta y traté de concentrarme en otra cosa: en la litera, en la esquina del barracón, en la tirita que todavía mantenía mi secreto.
La litera asignada era la segunda desde la puerta, una construcción de madera chirriante que olía a años de humedad y a los ronquidos de los anteriores ocupantes. Intenté instalarme con la mayor discreción posible, pero el coloso no perdía detalle. Cada movimiento mío parecía un espectáculo de malabares: colocar la mochila, desdoblar el saco de dormir, acomodar la manta sin que nadie la pisara… y todo con la paranoia de que, si el pezón traidor se activaba, el barracón entero podría enterarse de mi vergonzoso secreto.
Mientras ajustaba mi saco de dormir, mis pensamientos flotaban en primera persona, en susurros invisibles: Bernardo, respira. Nadie tiene que saberlo. Solo una noche más… solo una noche más y todo será más soportable. Pero incluso mi mente parecía burlarse de mí: Sí, claro, y mañana habrá una inspección sorpresa… y un sargento mirará justo aquí, justo ahora…
De repente, sentí un codazo leve en las costillas. Era un compañero rubio, que parecía demasiado joven para la guerra y demasiado serio para no ser sospechoso. Me lanzó una mirada rápida, evaluando mi delgadez, mi postura, la manera en que trataba de pasar desapercibido… Por favor, no mires mi pecho, imploré silenciosamente a mis pensamientos. El chico no dijo nada y se alejó, dejándome con un alivio temporal y un toque de paranoia adicional.
El coloso se acomodó en la litera superior, cruzando los brazos y observando cómo me movía. Cada chirrido de la madera, cada movimiento mío, cada leve respiración parecía amplificada en ese espacio reducido. Intenté fingir naturalidad mientras la humedad del barracón se pegaba a mi piel, mientras el olor a sudor, jabón barato y madera vieja se mezclaba en una combinación que hacía que incluso respirar se sintiera extraño.
—¡Eh, tú! —gritó alguien más desde el fondo—. ¡Acuéstate antes de que te hagan correr hasta vomitar barro!
Asentí con la cabeza, tratando de parecer obediente mientras me metía en la litera. Mi espalda tocó la madera fría y húmeda, y me acurruqué entre las mantas, sintiendo que el espacio estrecho era mi único refugio momentáneo. Respira, Bernardo. Nadie tiene que enterarse… aún. El tercer pezón vibró ligeramente, recordándome que la guerra no solo estaba afuera; también estaba dentro de mí, en mi cuerpo, en cada nervio, en cada pensamiento absurdo.
La luz comenzó a apagarse lentamente, y los murmullos del barracón se mezclaron con el crujido de las literas y el murmullo de compañeros que se acomodaban para dormir. Afuera, el viento arrastraba un frío húmedo, recordándome que mañana sería otro día de barro, órdenes y tensión absurda.
Y entonces llegó la voz del sargento, cortando cualquier pensamiento de alivio:
—¡Luces fuera!
El barracón se sumió en la penumbra. Mis ojos buscaban la tirita en mi pecho como si fuera un faro, mis pensamientos murmuraban consejos inútiles y desesperados: No te delates, Bernardo. Todo estará bien… hasta mañana. Y así, en el silencio húmedo y oscuro del barracón, con el coloso respirando pesadamente encima de mí, comprendí que la verdadera prueba apenas comenzaba, y que cada segundo sería un equilibrio absurdo entre miedo, secreto y supervivencia.
Capítulo 3: La Litera
El barracón olía a sudor viejo, madera húmeda y un toque persistente de jabón barato que intentaba, sin éxito, enmascarar todo lo demás. Al entrar, mis ojos se encontraron con la maraña de literas, uniformes colgados torpemente y botas embarradas que parecían más un obstáculo que un accesorio militar. Era un mundo paralelo al que había imaginado mientras corría entre charcos y gritos; un mundo donde cada sombra parecía observarme y cada respiración ajena era un recordatorio de mi fragilidad.
Me deslicé entre las literas, tratando de no tropezar con las mochilas amontonadas. Cada movimiento era un cálculo imposible: pies planos, escuálido hasta la exageración, y un secreto que me vibraba en el pecho cada vez que sentía estrés. No puedo dejar que nadie lo note, pensé mientras pasaba junto a un tipo que, con sus brazos como troncos y una mirada que podía aplastar hormigas, me hizo retroceder un paso.
Él era el fortachón del barracón, el que no necesitaba gritar para imponer miedo; solo bastaba que sus ojos recorrieran la habitación, midiendo, evaluando, marcando territorio. Su nombre no importaba realmente, y yo ni siquiera quería recordarlo. Lo llamaremos “el coloso”, y su presencia convertía cualquier movimiento mío en un acto de espionaje absurdo. Cada vez que me acercaba a mi litera, sentía que estaba cruzando un campo minado invisible, y que cualquier descuido podía delatar mi secreto.
—Eh, tú, delgaducho… —musitó sin mirar, mientras se reclinaba sobre su litera superior—. Si tropiezas, me avisas.
Sí, claro, pensé, intentando que nadie escuchara. Como si fuera a hacerlo a propósito… y sin que se note que estoy pensando en… no, no debo ni pensarlo. Mi pecho palpitaba, y el tercer pezón, traidor como siempre, me recordó su existencia con un ligero cosquilleo. Lo cubrí discretamente con la manga de mi camiseta y traté de concentrarme en otra cosa: en la litera, en la esquina del barracón, en la tirita que todavía mantenía mi secreto.
La litera asignada era la segunda desde la puerta, una construcción de madera chirriante que olía a años de humedad y a los ronquidos de los anteriores ocupantes. Intenté instalarme con la mayor discreción posible, pero el coloso no perdía detalle. Cada movimiento mío parecía un espectáculo de malabares: colocar la mochila, desdoblar el saco de dormir, acomodar la manta sin que nadie la pisara… y todo con la paranoia de que, si el pezón traidor se activaba, el barracón entero podría enterarse de mi vergonzoso secreto.
Mientras ajustaba mi saco de dormir, mis pensamientos flotaban en primera persona, en susurros invisibles: Bernardo, respira. Nadie tiene que saberlo. Solo una noche más… solo una noche más y todo será más soportable. Pero incluso mi mente parecía burlarse de mí: Sí, claro, y mañana habrá una inspección sorpresa… y un sargento mirará justo aquí, justo ahora…
De repente, sentí un codazo leve en las costillas. Era un compañero rubio, que parecía demasiado joven para la guerra y demasiado serio para no ser sospechoso. Me lanzó una mirada rápida, evaluando mi delgadez, mi postura, la manera en que trataba de pasar desapercibido… Por favor, no mires mi pecho, imploré silenciosamente a mis pensamientos. El chico no dijo nada y se alejó, dejándome con un alivio temporal y un toque de paranoia adicional.
El coloso se acomodó en la litera superior, cruzando los brazos y observando cómo me movía. Cada chirrido de la madera, cada movimiento mío, cada leve respiración parecía amplificada en ese espacio reducido. Intenté fingir naturalidad mientras la humedad del barracón se pegaba a mi piel, mientras el olor a sudor, jabón barato y madera vieja se mezclaba en una combinación que hacía que incluso respirar se sintiera extraño.
—¡Eh, tú! —gritó alguien más desde el fondo—. ¡Acuéstate antes de que te hagan correr hasta vomitar barro!
Asentí con la cabeza, tratando de parecer obediente mientras me metía en la litera. Mi espalda tocó la madera fría y húmeda, y me acurruqué entre las mantas, sintiendo que el espacio estrecho era mi único refugio momentáneo. Respira, Bernardo. Nadie tiene que enterarse… aún. El tercer pezón vibró ligeramente, recordándome que la guerra no solo estaba afuera; también estaba dentro de mí, en mi cuerpo, en cada nervio, en cada pensamiento absurdo.
La luz comenzó a apagarse lentamente, y los murmullos del barracón se mezclaron con el crujido de las literas y el murmullo de compañeros que se acomodaban para dormir. Afuera, el viento arrastraba un frío húmedo, recordándome que mañana sería otro día de barro, órdenes y tensión absurda.
Y entonces llegó la voz del sargento, cortando cualquier pensamiento de alivio:
—¡Luces fuera!
El barracón se sumió en la penumbra. Mis ojos buscaban la tirita en mi pecho como si fuera un faro, mis pensamientos murmuraban consejos inútiles y desesperados: No te delates, Bernardo. Todo estará bien… hasta mañana. Y así, en el silencio húmedo y oscuro del barracón, con el coloso respirando pesadamente encima de mí, comprendí que la verdadera prueba apenas comenzaba, y que cada segundo sería un equilibrio absurdo entre miedo, secreto y supervivencia.
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