

No te ODIO estoy sordo-1
GÉNERO: Humor
Bienvenido, lector. O lectora. O lo que seas. Antes de que sigas leyendo, debo advertirte: este libro no es un manual de conducta social, no es un tratado sobre sordera ni un libro de autoayuda con consejos aburridos. Esto es simplemente… mi vida, contada con todas las exageraciones necesarias para que alguien se ría mientras imagina a un tipo que vive en un mundo donde la mitad de los sonidos son opcionales.
Si esperas una historia seria sobre problemas auditivos, lamento decepcionarte. Aquí las alarmas de incendio pueden convertirse en conciertos de jazz improvisado, los correos electrónicos en acertijos imposibles de descifrar, y las conversaciones con la familia en juegos de mímica que harían llorar de risa a cualquier espectador de YouTube.
¿Por qué escribir este libro? Fácil. Porque nadie entiende realmente a los sordos que no odian a nadie, y mucho menos a los sordos que tienen un sentido del humor ligeramente retorcido. Nadie entiende por qué a veces sonrío cuando me gritas, por qué pido chocolate en lugar de carne, o por qué finjo estar concentrado mientras dibujo dinosaurios en una reunión de trabajo. Este libro es mi manera de decir: No te odio, estoy sordo… y mira qué divertido es el caos que eso genera.
Aquí encontrarás historias de restaurantes, conciertos, llamadas de teléfono, reuniones familiares y situaciones cotidianas que solo alguien con una sordera selectiva y un talento innato para el malentendido puede vivir. Historias que, en la realidad, probablemente me meterían en problemas… pero en estas páginas, son puro oro humorístico.
Así que prepárate para malentendidos épicos, respuestas que no llegan, platos que no pediste y momentos en los que creerás que estoy completamente loco… porque, admitámoslo, probablemente lo estoy. Pero es un tipo de locura inocente, de esas que se disfrutan más con una carcajada que con un susto.
Si después de leer esto solo recuerdas una cosa, que sea: No me odies. Estoy sordo. Y probablemente haciendo algo absurdo que me hará reír mientras tú me miras confundido.
Ahora, sin más preámbulos, bienvenido a mi mundo. Un lugar donde la sordera es un superpoder y el humor es la única traducción posible de la vida.
No te ODIO, estoy sordo…
No es fácil explicar a la gente que no te odias, simplemente estás sordo. Pero yo lo voy a intentar, porque llevo años dando explicaciones y todavía nadie entiende del todo. Así que vamos a poner las cosas claras desde el principio: no, no te odio. Sí, probablemente no he respondido cuando me saludaste. No, no es porque quiera ignorarte ni porque tu chiste sea malo (aunque eso también ayuda). Estoy sordo, y no, no es una sorda “bonita” de película, donde escuchas algo de música romántica de fondo y tus amigos hacen mímica. Esto es más bien: “El universo decidió que la mitad de los sonidos del mundo son opcionales para mí”.
Mi problema empezó de manera bastante inocente. Cuando era niño, mi madre me decía: “¡Cierra la boca mientras masticas!” y yo no entendía por qué. No era que estuviera masticando con la boca abierta, era que no había oído nada de lo que me estaba diciendo. Lo descubrí mucho más tarde. Hasta entonces, viví una infancia gloriosamente incomprendida, con episodios que mis amigos describen ahora como “totalmente surrealistas”, y que mis padres describen como “el niño más maleducado de la historia de España”.
La sordera tiene ventajas, lo juro. Por ejemplo, puedes ignorar los debates sobre política familiar sin sentir culpa. O quedarte en el cine cuando alguien te pide que bajes el volumen de su móvil, porque, bueno… no escuchas nada. Pero también tiene desventajas, y esas son las que nos traen aquí. Las desventajas son: llamadas telefónicas, conversaciones con exnovias, y reuniones de trabajo donde todo el mundo habla al mismo tiempo. Y, peor aún, los amigos que creen que “gritar un poco más fuerte” es una solución universal.
Mi amigo Raúl dice que tener un sordo en un grupo es como tener un detector de mentiras al revés: nunca sabes si estoy prestando atención, y siempre sospechas que estoy tramando algo. Pero yo no tramaría nada, básicamente porque no oigo la mitad de lo que se trama. La otra mitad simplemente me llega como un rumor difuso, como si alguien estuviera hablando desde el otro lado de un túnel lleno de gatos. Sí, gatos. No preguntes.
Lo más divertido es la gente que intenta “ayudar” y termina empeorando las cosas. Una vez, en un restaurante, un camarero muy entusiasta decidió que necesitaba explicarme la carta “con mímica y gestos exagerados”. Resultado: acabé pidiendo un plato de ensalada que en realidad era un postre. Nadie se rió más que yo. Nadie. Bueno, quizá el camarero un poquito.
Pero, claro, el mundo insiste en que yo “solo necesito esforzarme más”. En la oficina, por ejemplo, mis compañeros tienen reuniones interminables y piensan que estoy tomando notas súper concentrado cuando en realidad estoy dibujando un dinosaurio con sombrero de copa en mi libreta. Mi jefe cree que soy un tipo metódico y silencioso; mis colegas creen que soy un genio enigmático; y yo, en cambio, solo estoy intentando descifrar si alguien ha dicho algo sobre el café. Spoiler: nunca lo averiguo.
Y luego están las llamadas telefónicas, que son un clásico. Nadie te prepara para las llamadas telefónicas cuando eres sordo. No existe un manual que diga: “Paso 1: asume que vas a decir ‘¿Qué?’ cinco veces. Paso 2: intenta adivinar el contexto. Paso 3: ríete o finge que entendiste todo”. Siempre hay un momento en que la otra persona comienza a elevar la voz y de repente todo el mundo en el edificio piensa que tienes un ataque de rabia silenciosa. Nada más lejos de la realidad. Estoy sordo, pero educado, gracias.
Y así es como llegamos a la frase que da nombre a este libro: No te odio, estoy sordo. Es mi mantra, mi defensa, mi excusa universal. Lo repito cada vez que alguien me mira mal por no contestar, por reírme en el momento equivocado, o por… bueno, básicamente por existir sin oír la mitad del mundo. Y sí, hay momentos en que uno desearía poder apagar a la gente como un televisor, pero incluso entonces, siempre hay alguien que intenta hablar contigo. Así que…
Lo más divertido es cuando la gente se da cuenta de que no oigo, pero no lo aceptan. Mi prima Belén, por ejemplo, me grita cosas como si la intensidad del sonido pudiera atravesar mis orejas cerradas por decreto universal. Una vez me dijo: “¡No me ignores!” y yo, educadamente, asentí. Luego me di cuenta de que me estaba hablando del enchufe que acababa de desconectar… ¡pero eso ya es otra historia!
Y es que las explicaciones no funcionan. No importa cuántas veces digas: “No te odio, estoy sordo”, la gente siempre traduce eso en: “Este chico es un ogro antisocial, probablemente conspirando contra mí mientras mastica un croissant imaginario”. Pero no, estoy demasiado ocupado intentando adivinar qué está pasando en la conversación, porque a veces oigo palabras sueltas que no tienen nada que ver entre sí y forman un collage mental que solo podría catalogarse como arte abstracto auditivo.
Los restaurantes son otro nivel de desafío. No hay nada más gracioso que pedir un plato y que te llegue otra cosa. Por ejemplo, aquella vez que pedí un filete y acabé con un pastel de chocolate. Intenté protestar, pero no escuché que el camarero me preguntaba si quería salsa de tomate o mermelada. Resultado: descubrí que el chocolate combina bastante bien con las papas fritas. Desde entonces, soy un innovador culinario, aunque nadie me lo reconoce.
Luego están los conciertos. Oh, los conciertos… para alguien que es sordo, un concierto es básicamente una experiencia espiritual, como si todos los instrumentos fueran invisibles pero el mundo entero decidiera sacudirse al ritmo de algo que tú solo puedes sentir en el estómago. Mi amigo Raúl me arrastra a todos los conciertos, y yo finjo entusiasmo moviendo la cabeza y golpeando el aire con la mano como si tocara una batería invisible. Nadie sabe que en realidad estoy practicando la coreografía del “sordo confundido”.
Y ni hablar de las llamadas de teléfono de emergencias familiares. Mi madre me llama y grita, “¡Es urgente!” y yo solo puedo responder: “Ajá, sí, claro… ¿qué decías?” Mientras tanto, mis hermanos ya están en modo pánico porque creen que estoy ignorando la situación, cuando en realidad estoy imaginando cómo sería si todos los teléfonos fueran mágicamente inteligentes y tradujeran los gritos en subtítulos en tiempo real.
En resumen, la sordera no es un defecto, es una excusa para vivir en un mundo paralelo donde los malentendidos son la regla y no la excepción. Es una oportunidad para reírse de uno mismo, para inventar historias absurdas sobre por qué no contestaste, para convertir un simple “hola” en un episodio digno de una sitcom.
Así que, la próxima vez que alguien me mire raro porque no respondí a su saludo, recuerda esto: No te odio, estoy sordo. Y si después de eso aún insisten, bueno… siempre puedo usar mi superpoder para fingir que no los he escuchado.
Pero claro, ser sordo también tiene sus retos, y no todos se resuelven con una sonrisa o un croissant inventado. Porque, si piensas que la sordera es solo diversión y malentendidos, espera a conocer mi historia con el…
Lo más divertido es cuando la gente se da cuenta de que no oigo, pero no lo aceptan. Mi prima Belén, por ejemplo, me grita cosas como si la intensidad del sonido pudiera atravesar mis orejas cerradas por decreto universal. Una vez me dijo: “¡No me ignores!” y yo, educadamente, asentí. Luego me di cuenta de que me estaba hablando del enchufe que acababa de desconectar… ¡pero eso ya es otra historia!
Y es que las explicaciones no funcionan. No importa cuántas veces digas: “No te odio, estoy sordo”, la gente siempre traduce eso en: “Este chico es un ogro antisocial, probablemente conspirando contra mí mientras mastica un croissant imaginario”. Pero no, estoy demasiado ocupado intentando adivinar qué está pasando en la conversación, porque a veces oigo palabras sueltas que no tienen nada que ver entre sí y forman un collage mental que solo podría catalogarse como arte abstracto auditivo.
Los restaurantes son otro nivel de desafío. No hay nada más gracioso que pedir un plato y que te llegue otra cosa. Por ejemplo, aquella vez que pedí un filete y acabé con un pastel de chocolate. Intenté protestar, pero no escuché que el camarero me preguntaba si quería salsa de tomate o mermelada. Resultado: descubrí que el chocolate combina bastante bien con las papas fritas. Desde entonces, soy un innovador culinario, aunque nadie me lo reconoce.
Luego están los conciertos. Oh, los conciertos… para alguien que es sordo, un concierto es básicamente una experiencia espiritual, como si todos los instrumentos fueran invisibles pero el mundo entero decidiera sacudirse al ritmo de algo que tú solo puedes sentir en el estómago. Mi amigo Raúl me arrastra a todos los conciertos, y yo finjo entusiasmo moviendo la cabeza y golpeando el aire con la mano como si tocara una batería invisible. Nadie sabe que en realidad estoy practicando la coreografía del “sordo confundido”.
Y ni hablar de las llamadas de teléfono de emergencias familiares. Mi madre me llama y grita, “¡Es urgente!” y yo solo puedo responder: “Ajá, sí, claro… ¿qué decías?” Mientras tanto, mis hermanos ya están en modo pánico porque creen que estoy ignorando la situación, cuando en realidad estoy imaginando cómo sería si todos los teléfonos fueran mágicamente inteligentes y tradujeran los gritos en subtítulos en tiempo real.
En resumen, la sordera no es un defecto, es una excusa para vivir en un mundo paralelo donde los malentendidos son la regla y no la excepción. Es una oportunidad para reírse de uno mismo, para inventar historias absurdas sobre por qué no contestaste, para convertir un simple “hola” en un episodio digno de una sitcom.
Así que, la próxima vez que alguien me mire raro porque no respondí a su saludo, recuerda esto: No te odio, estoy sordo. Y si después de eso aún insisten, bueno… siempre puedo usar mi superpoder para fingir que no los he escuchado.
Pero claro, ser sordo también tiene sus retos, y no todos se resuelven con una sonrisa o un croissant inventado. Porque, si piensas que la sordera es solo diversión y malentendidos, espera a conocer mi historia con el…
Mi primera visita fue un poema. Entré con la determinación de un héroe griego y la autoestima de un cactus enfermo. Detrás del mostrador había un señor con aspecto de haberse jubilado emocionalmente en 1998. No levantó la vista. Yo tampoco sabía si tenía que hablarle, escribirle, o hacer señales de humo. Pero como soy educado, dije:
—Hola, buenos días, vengo porque no escucho bien.
El hombre levantó una ceja. No las dos, solo una, como si mi problema auditivo le pareciera un capricho.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
—Desde siempre —respondí.
—Ajá —dijo, como si acabara de revelarle que soy fan del reggaetón triste.
Después me hizo pasar a una cabina insonorizada. O al menos eso ponía el cartel, porque en realidad era un cubículo de tres metros cuadrados donde cabía un taburete, un micrófono y, por razones que nadie ha explicado jamás, un póster de un delfín sonriente. El delfín te miraba como diciendo: “Yo escucho mejor que tú. Y soy un delfín”.
Me puso unos auriculares y empezó la tortura.
Beep.
Beep beep.
Beeeeeeep.
Yo levantaba la mano a destiempo, como si intentara parar un taxi en hora punta. El técnico me miraba con una paciencia tan fina que si la soplabas se rompía. Al final, cuando salí de la cabina, me dijo:
—Bueno, tienes un problema auditivo leve.
Leve. LEVE. Como si yo viniera allí por deporte extremo. Como si tuviera la afición de no entender nunca si la gente me hablaba de enchufes o de croquetas. Como si mi vida fuera un escape room de sonidos y yo estuviera allí para conseguir un diploma de participación.
Pero lo mejor vino después. El técnico me recomendó unos audífonos “discretos, modernos y casi invisibles”. Mentira. Parecía que me hubiera colgado dos mandarinas metálicas detrás de las orejas. Pero asentí, porque soy un caballero. Además, él habló tan rápido que solo entendí la mitad: algo como “estos modelos son…” y luego un sonido que podría haber sido “ergonómicos” o “económicos”, pero era seguro que NO eran económicos, porque cuando me dijo el precio, se me cayó un tímpano imaginario.
—Eso cuesta una lavadora —susurré.
—Dos —corrigió él.
Aun así, los compré. Porque la sociedad insiste en que “escuchar es importante”. Yo, para ser sincero, estaba bien en mi universo de sonidos opcionales, pero pensé: “¿Qué puede salir mal?”.
Ja.
La primera semana fue como aprender a vivir dentro de un videoclip de heavy metal. Todo sonaba. Todo. De repente descubrí que los electrodomésticos tienen alma y gritan. Que las bolsas del supermercado hacen el mismo ruido que un dragón viejo despeinándose. Que los vecinos no caminan, ¡galopan! Y que mi perro respira como un anciano indignado.
Mi familia estaba emocionada porque “por fin vas a entendernos”. Spoiler: no. Porque escuchar no es lo mismo que interpretar, y yo interpreto peor que un actor de telenovela en su primer día.
Pero los audífonos también me revelaron secretos oscuros. Como el sonido que hace mi propio estómago cuando tengo hambre: una especie de rugido submarino que me hizo creer durante dos minutos que un cachalote estaba escondido bajo la mesa. O el “clic” misterioso que hace la nevera cada veinte minutos, como si estuviera enviando señales al espacio en busca de una civilización mejor que nosotros.
Y claro, con mis nuevos superpoderes auditivos, pensé que los problemas desaparecerían. Pero no. Ahora la gente cree que oigo TODO, así que si no respondo, ya no soy “pobre chico sordo”, sino “este hombre me odia en HD”.
La tecnología no ayuda. Una vez, el audífono derecho decidió conectarse por Bluetooth al móvil de un desconocido en el metro. De repente empecé a escuchar música a todo volumen. No sabía si estaba en un ritual satánico o si el chico de enfrente tenía una playlist exclusivamente compuesta por ritmos capaces de invocar al demonio del reguetón. Cuando intenté desconectar el aparato, parecía que me estuviera arrancando la oreja como si fuera una pegatina.
El desconocido me miró raro. Yo lo miré raro. Al final, los dos nos miramos tan raro que el universo decidió intervenir y el audífono se apagó solo. Fin del concierto.
Luego está mi jefe. Cuando se enteró de mis audífonos, se puso muy comprensivo. Demasiado comprensivo. Ahora abre la boca como si fuera un pez tropical tratando de seducir a su pareja. Habla lentísimo, como si estuviera declamando un poema en una obra escolar. Cada reunión con él es una mezcla de monólogo dramático y tutorial de cómo mover la mandíbula en cámara lenta.
—¿To-do bieeen con los au-dí-fonos? —me pregunta.
—Sí, sí —respondo—. Perfecto.
Pero hay algo que nunca le digo: a veces, en medio de sus explicaciones eternas, los apago. Solo por paz mental. Para volver a mi estado zen, mi nube personal donde las palabras no existen y solo hay silencio y dinosaurios con sombrero dibujados en mi libreta.
Y ahí es donde quiero llevarte ahora: a ese mundo paralelo donde conviven mis audífonos, mi sordera, mi imaginación y la absoluta incapacidad de la humanidad para aceptar que alguien simplemente no oye.
Porque, si te crees que lo más caótico era el Servicio Técnico o mis vecinos galopantes, espera a que te cuente lo que pasó con mi cita a ciegas —literalmente a ciegas, porque ella no sabía que yo no escuchaba y yo no sabía que ella se comunicaba principalmente con metáforas— o con el mensajero que pensó que yo era mudo, o con el médico que me dijo “respira profundo” y yo entendí “mira el cubo”.
Pero eso… bueno, eso requiere otro capítulo, otro café y probablemente otro audífono cargado al 100%
Mi primera visita fue un poema. Entré con la determinación de un héroe griego y la autoestima de un cactus enfermo. Detrás del mostrador había un señor con aspecto de haberse jubilado emocionalmente en 1998. No levantó la vista. Yo tampoco sabía si tenía que hablarle, escribirle, o hacer señales de humo. Pero como soy educado, dije:
—Hola, buenos días, vengo porque no escucho bien.
El hombre levantó una ceja. No las dos, solo una, como si mi problema auditivo le pareciera un capricho.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
—Desde siempre —respondí.
—Ajá —dijo, como si acabara de revelarle que soy fan del reggaetón triste.
Después me hizo pasar a una cabina insonorizada. O al menos eso ponía el cartel, porque en realidad era un cubículo de tres metros cuadrados donde cabía un taburete, un micrófono y, por razones que nadie ha explicado jamás, un póster de un delfín sonriente. El delfín te miraba como diciendo: “Yo escucho mejor que tú. Y soy un delfín”.
Me puso unos auriculares y empezó la tortura.
Beep.
Beep beep.
Beeeeeeep.
Yo levantaba la mano a destiempo, como si intentara parar un taxi en hora punta. El técnico me miraba con una paciencia tan fina que si la soplabas se rompía. Al final, cuando salí de la cabina, me dijo:
—Bueno, tienes un problema auditivo leve.
Leve. LEVE. Como si yo viniera allí por deporte extremo. Como si tuviera la afición de no entender nunca si la gente me hablaba de enchufes o de croquetas. Como si mi vida fuera un escape room de sonidos y yo estuviera allí para conseguir un diploma de participación.
Pero lo mejor vino después. El técnico me recomendó unos audífonos “discretos, modernos y casi invisibles”. Mentira. Parecía que me hubiera colgado dos mandarinas metálicas detrás de las orejas. Pero asentí, porque soy un caballero. Además, él habló tan rápido que solo entendí la mitad: algo como “estos modelos son…” y luego un sonido que podría haber sido “ergonómicos” o “económicos”, pero era seguro que NO eran económicos, porque cuando me dijo el precio, se me cayó un tímpano imaginario.
—Eso cuesta una lavadora —susurré.
—Dos —corrigió él.
Aun así, los compré. Porque la sociedad insiste en que “escuchar es importante”. Yo, para ser sincero, estaba bien en mi universo de sonidos opcionales, pero pensé: “¿Qué puede salir mal?”.
Ja.
La primera semana fue como aprender a vivir dentro de un videoclip de heavy metal. Todo sonaba. Todo. De repente descubrí que los electrodomésticos tienen alma y gritan. Que las bolsas del supermercado hacen el mismo ruido que un dragón viejo despeinándose. Que los vecinos no caminan, ¡galopan! Y que mi perro respira como un anciano indignado.
Mi familia estaba emocionada porque “por fin vas a entendernos”. Spoiler: no. Porque escuchar no es lo mismo que interpretar, y yo interpreto peor que un actor de telenovela en su primer día.
Pero los audífonos también me revelaron secretos oscuros. Como el sonido que hace mi propio estómago cuando tengo hambre: una especie de rugido submarino que me hizo creer durante dos minutos que un cachalote estaba escondido bajo la mesa. O el “clic” misterioso que hace la nevera cada veinte minutos, como si estuviera enviando señales al espacio en busca de una civilización mejor que nosotros.
Y claro, con mis nuevos superpoderes auditivos, pensé que los problemas desaparecerían. Pero no. Ahora la gente cree que oigo TODO, así que si no respondo, ya no soy “pobre chico sordo”, sino “este hombre me odia en HD”.
La tecnología no ayuda. Una vez, el audífono derecho decidió conectarse por Bluetooth al móvil de un desconocido en el metro. De repente empecé a escuchar música a todo volumen. No sabía si estaba en un ritual satánico o si el chico de enfrente tenía una playlist exclusivamente compuesta por ritmos capaces de invocar al demonio del reguetón. Cuando intenté desconectar el aparato, parecía que me estuviera arrancando la oreja como si fuera una pegatina.
El desconocido me miró raro. Yo lo miré raro. Al final, los dos nos miramos tan raro que el universo decidió intervenir y el audífono se apagó solo. Fin del concierto.
Luego está mi jefe. Cuando se enteró de mis audífonos, se puso muy comprensivo. Demasiado comprensivo. Ahora abre la boca como si fuera un pez tropical tratando de seducir a su pareja. Habla lentísimo, como si estuviera declamando un poema en una obra escolar. Cada reunión con él es una mezcla de monólogo dramático y tutorial de cómo mover la mandíbula en cámara lenta.
—¿To-do bieeen con los au-dí-fonos? —me pregunta.
—Sí, sí —respondo—. Perfecto.
Pero hay algo que nunca le digo: a veces, en medio de sus explicaciones eternas, los apago. Solo por paz mental. Para volver a mi estado zen, mi nube personal donde las palabras no existen y solo hay silencio y dinosaurios con sombrero dibujados en mi libreta.
Y ahí es donde quiero llevarte ahora: a ese mundo paralelo donde conviven mis audífonos, mi sordera, mi imaginación y la absoluta incapacidad de la humanidad para aceptar que alguien simplemente no oye.
Porque, si te crees que lo más caótico era el Servicio Técnico o mis vecinos galopantes, espera a que te cuente lo que pasó con mi cita a ciegas —literalmente a ciegas, porque ella no sabía que yo no escuchaba y yo no sabía que ella se comunicaba principalmente con metáforas— o con el mensajero que pensó que yo era mudo, o con el médico que me dijo “respira profundo” y yo entendí “mira el cubo”.
Pero eso… bueno, eso requiere otro capítulo, otro café y probablemente otro audífono cargado al 100%
4223 palabras — 17 páginas — 14% de 30000 palabras
- USER: santiago — 5 páginas (1049 palabras)
- USER: zastiago zastiago — 5 páginas (1188 palabras)
- USER: Cristina RAMO REY-JOLY — 8 páginas (1986 palabras)
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