

De fiesta
GÉNERO: Relato corto
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La noche se había instalado sobre la ciudad como un manto húmedo y cálido, pero dentro del coche, el tiempo se había fracturado. Lucas apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos, mirando sin ver la luz roja del semáforo que teñía el asfalto de un color sangriento. A su lado, Clara respiraba con una suavidad que le parecía un reproche.
Todo había comenzado horas antes, en la boca del metro. Él la había visto allí, bajo la luz cruda de los fluorescentes, como un pájaro exótico perdido en una jaula de cemento. No quería llegar sola a la cena, le había dicho por teléfono, y su voz tenía ese tono de vulnerabilidad que siempre le desarmaba. Quería estar a su lado, tenerle a su lado. Y Lucas, como siempre, acudió.
La recordaba ahora, con el vestido rosa, bombacho, que se agitaba con la brisa de la noche. Mostraba largas piernas, las rodillas y una cuarta más. Y más que su palabra de honor, le había soltado con una sonrisa pícara, te lo juro por mi madre. Y él le creyó. Creía en la promesa que su cuerpo hacía, en cómo lo mejor de su figura—unas curvas suaves y firmes a la vez—se adornaba de ella misma, se vestía de fiesta con una naturalidad que le quitaba el aliento.
La cena fue un bullicio de amigos, risas y platos compartidos. Todos la vieron sentarse a su derecha, reclamando ese lugar con una dulce insistencia. Cenaron, bebieron, y Clara reía. Reía con él, de sus chistes malos, de sus anécdotas absurdas. Y después, como cabía esperar, salieron a bailar. Lucas la vio moverse, una sinuosidad graciosa y llena de vida, y sintió una punzada de algo que no supo definir. Era una noche especial, le había dicho ella, para una situación no habitual. Y, sin embargo, para Lucas, no pasaba nada fuera de lo normal. O eso intentaba convencerse.
—¿Nos vamos? —dijo la voz de Clara, sacándolo del recuerdo.
Eran las dos de la madrugada. Asintió en silencio. El trayecto en coche fue una caricia de asfalto y neón. La ciudad dormía, pero la tensión entre ellos era palpable, un campo de energía que vibraba en el espacio reducido del habitáculo. Y entonces, al acercarse a su casa, el coche se detuvo en un cruce vacío, y con él, el tiempo también.
Fue un movimiento furtivo, casi un accidente. Su mano, al cambiar de marcha, acabó entre las de ella. Fue un contacto eléctrico, breve pero devastador. Y entonces Clara habló. Su voz, por primera vez en la noche, era frágil, desnuda.
—Siento lo que tú sientas —susurró, y la frase era un abismo—. No soporto tu dolor.
Lucas notó el sudor en sus palmas, un sudor que delataba los nervios de aquella declaración. Era incipiente, apenas un brote, pero era terriblemente eficaz. Tan cierta como ignorada hasta ese mismo instante. Allí estaba, expuesta sobre el salpicadero, entre el olor a perfume barato y a gasolina.
En medio de esa encrucijada silenciosa, Lucas tuvo que conjugar los tiempos. Su tiempo, que ya estaba escrito, prácticamente vivido. Y el de ella, que estaba por vivir. Las palabras que debía decir, la sonrisa compasiva que debía esbozar, las pausas y los silencios que debía llenar con una elegancia que no sentía.
¿Cómo rechazarte sin daño?, pensó, desesperado. ¿Cómo decir que no a tu cuerpo, que era una promesa de verano? ¿Cómo rehuir un amor que se ofrecía con tanta ternura y franqueza? ¿Cómo decirte que no, Clara, sin que el “no” sonara a un aldabonazo que cerrara una puerta para siempre?
Le gustaba su lozanía, esa frescura de quien descubre el mundo. Admiraba su madurez para querer lo que quería sin tapujos. Envidaba, en el fondo, su tranquilidad, su saber estar, su formalidad que se deshacía en un gesto de mano. Y de sus encantos, ni quiso hablar. Eran demasiado evidentes. La tersa piel que se asomaba al escote, las piernas torneadas y largas que el vestido bombacho apenas insinuaba, su perfil, redibujado por la luz de la luna, singular y perfecto.
Sin embargo, ya era feliz. O al menos, estaba en paz. El amor, el amor verdadero y complicado, ya vivía consigo, en otra parte, en otra vida que había construido con esmero y que ahora sentía tan frágil como el cristal. Su vida estaba prácticamente vivida. La de ella, en cambio, era un lienzo en blanco, lleno de colores por estrenar.
—Clara… —logró decir, y su voz sonó ronca, gastada.
No hizo falta más. Ella lo miró, y en sus ojos pasó como una nube rápida la decepción, la comprensión y, finalmente, una triste aceptación. Sin rencor, con una elegancia que le partió el alma, entendió la situación. Asintió lentamente, una vez.
—Buenas noches, Lucas —dijo, y su voz era ya la de una mujer, no la de una chica ilusionada.
Abrió la puerta y salió del coche. La noche, de repente, recuperó su ritmo. El semáforo cambió a verde. Lucas la vio alejarse, la figura rosa y esbelta tragada por la penumbra del portal. Y supo, con una certeza absoluta, que algo hermoso y posible se acababa de quebrar.
La deuda quedó flotando en el aire. ¿Qué de él la había ilusionado tanto? ¿Qué esperanzas, frágiles y dulces, había albergado en su pecho? ¿En qué momento él, sin querer, la había confundido?
Años después, a veces, en la quietud de su vida ya realmente vivida, Lucas aún se preguntaba, con un susurro que sólo pertenecía a la noche: “Aún a veces me pregunto cómo hubiese sido, de haber vivido este amor… ¿dónde estaríamos ahora tú y yo?”.
Y luego, en un acto de cobardía o de supervivencia, se consolaba pensando: “Me consuelo pensando que quizás fuese fruto de una torpe imaginación, que sólo pretendías avisarme de tu adiós”.
Pero en lo más profundo, sabía que no era cierto. Sabía que una vez, en un cruce de caminos, bajo un semáforo en rojo, había tenido entre sus manos un amor naciente, vestido de rosa, y lo había dejado escapar, intacto y perfecto, hacia otra noche.
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- USER: diego garcia serrano — 5 páginas (1029 palabras)
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