19 olivos y 500 noches

GÉNERO: Humor

USER: Juan de dios jaen rodriguez — 1604 palabras

19 olivos y 500 noches — Capítulo de muestra

Bajo el sol tibio de la comarca, donde los caminos se retorcían como culebrillas perezosas y el viento se dedicaba a coleccionar olores —tomillo, pan recién hecho y tierra seca— vivía un chico peculiar llamado Mañé. Peculiar no por extravagante, sino porque era uno de esos seres cuya simple existencia parecía diseñada para recordar al mundo que la vida también podía ser un juego. Su casa, si podía llamarse así, estaba rodeada por diecinueve olivos que parecían vigilarlo como un ejército vegetal, soldados inmóviles que en realidad eran amigos silenciosos. Cada uno tenía nombre propio, aunque solo algunos respondían cuando Mañé les hablaba. Según él, eso no era culpa suya; había olivos más atentos que otros.

Entre todos, había uno al que Mañé llamaba Bartolo, un olivo nudoso, rechoncho y con inclinación marcada hacia la izquierda. “Es mi olivo zurdo”, decía Mañé. Bartolo, por su parte, se limitaba a crujir suavemente cuando soplaba el viento, como si tratara de asentirle.

A Mañé le gustaba la compañía de las liebres. Él aseguraba que eran sus amigas; los vecinos, en cambio, decían que solo se acercaban porque siempre llevaba alguna fruta en los bolsillos. La verdad, como suele ocurrir, estaba probablemente en medio. Una liebre en particular, llamada Cascabel, tenía la costumbre de aparecer cuando Mañé menos se lo esperaba: a veces saltaba sobre su regazo cuando intentaba dormitar, otras veces se metía dentro de la cesta de la colada como si fuese un hotel de lujo.

Y por supuesto, estaba el ukelele, o más precisamente, el makelele. Porque así lo llamaba Mañé desde que un día, golpeándole accidentalmente contra una piedra, exclamó:

—¡Ay, mi pobre makelele!

Desde entonces, el nombre quedó sellado como una promesa de risas. El instrumento, según Mañé, tenía voluntad propia; y aunque nadie más lo creía, todos reconocían que era un ukelele terriblemente ruidoso, como si siempre quisiera llevar la contraria al músico.

Aquella tarde, el cielo se había puesto de un azul profundo, casi insolente, y Mañé decidió tocar un poco mientras Cascabel daba vueltas alrededor. El muchacho se acomodó bajo Bartolo, sentó su makelele sobre las rodillas y proclamó:

—Hoy, pequeño instrumento gruñón, vamos a componer algo épico.

El makelele, fiel a su estilo, respondió con un chirrido desafinado incluso antes de que lo rozara.

—No te alteres —le dijo Mañé, como quien calma a un bebé malhumorado—. Será una balada heroica.

Pero el instrumento insistió con un sonido que más bien parecía un estornudo de pato.

—Eso lo tomaré como entusiasmo.

Y comenzó a tocar.

El problema fue que, en cuanto pulsó la tercera cuerda, una bandada entera de pájaros salió volando de los olivos. Parecía como si hubieran firmado un acuerdo secreto entre ellos: si Mañé toca esa cuerda otra vez, nos largamos todos.

Cascabel aprovechó la conmoción para subirse a la cabeza del chico. Mañé trató de seguir tocando, aunque se tambaleaba con la liebre convertida en sombrero involuntario. Para colmo, su makelele parecía emitir notas al azar, y no todas eran notas reconocibles por el oído humano promedio.

—¡Cascabel! —protestó—. ¡No puedo crear una balada épica si me estás despeinando!

La liebre respondió moviendo la cola, indiferente.

En ese mismo instante, una figura apareció por el sendero. Era la señora Rufina, una mujer delgada, siempre vestida de colores que parecían sacados de un mercado medieval. Llevaba un cesto lleno de flores y una expresión que mezclaba curiosidad y resignación.

—Mañé —saludó—, muchacho, ¿te das cuenta de que tus serenatas están espantando a todas mis gallinas?

—¿Gallinas? —respondió él, sorprendido—. ¡Pero si estamos a kilómetros de tu casa!

—No importa, se han alarmado igual. Y no sé cómo han hecho, pero todas han terminado en mi tejado. Tres de ellas no quieren bajar.

Mañé trató de disculparse, pero el makelele decidió tocar una nota por su cuenta, tan estridente que hasta Cascabel saltó al suelo como un resorte.

—¿Ves? —añadió la señora Rufina—. Ahí tienes la prueba. Ese instrumento tuyo tiene mal espíritu.

—No es mal espíritu —replicó el chico en tono serio—. Solo es… sincero.

La mujer suspiró, como quien ya ha tenido esta conversación demasiadas veces.

—Bueno, si ves a mis gallinas por aquí, me las mandas otra vez, ¿sí? De preferencia caminando. Ya no quiero que intenten volar.

Y se marchó.

Mañé la observó alejarse y luego miró su makelele.

—¿Ves? Ya empezamos a causar problemas —dijo. Pero lo decía con cierto orgullo, como si causar problemas fuera parte natural de sus aventuras.

Aquel día decidió ir a contar los olivos, una costumbre que repetía de vez en cuando para asegurarse de que seguían siendo exactamente diecinueve. Nadie entendía por qué lo hacía, pero para él era tan importante como cepillarse los dientes.

—Uno… dos… —empezó mientras caminaba entre ellos.

Bartolo siempre era el cuarto en la fila, así que cuando lo vio, le dio una palmadita afectuosa en el tronco.

—Cuatro. Tú eres el cuatro. No cambies de sitio.

Bartolo, naturalmente, no se movió. Al menos no más de lo que lo movía el viento.

Sin embargo, cuando llegó al décimo olivo, notó algo extraño. Una botella de vidrio colgaba de una de las ramas, sujetada con una cuerda.

—¿Qué es esto? —dijo, acercándose.

Dentro había un papel enrollado. Sacarlo resultó un desafío; el cuello de la botella era estrecho, y él tenía los dedos tan torpes como su makelele. Después de forcejear un rato, logró desenrollar el papel.

La nota decía:

“Para el habitante de los diecinueve olivos: te estoy observando. —Firmado: El Guardián del Norte.”

Mañé se quedó quieto un buen rato.

—¿Guardián del Norte? —repitió en voz alta—. ¿Desde cuándo tengo un guardián? ¿Y por qué del Norte? Yo siempre quise uno del Oeste. Los guardianes del Oeste suenan más misteriosos.

Cascabel, que lo seguía a trote, olisqueó la botella y luego estornudó.

Con una mezcla de inquietud y emoción, Mañé guardó la nota en el bolsillo. Aquello podía significar muchas cosas: un juego, una advertencia, un misterio. Y a él le venían bien los misterios. Tenía demasiadas horas libres y una imaginación peligrosamente activa.

Esa misma noche, cuando el cielo estaba decorado con estrellas que parecían confeti luminoso, Mañé se sentó junto a la fogata que él mismo había encendido. Entre sus manos, el makelele brillaba con reflejos naranjas.

—Escucha, pequeño gruñón —susurró—. Tenemos un guardián. Alguien nos vigila. ¿Será bueno? ¿Será malo? ¿Será alguien que sabe tocar mejor que tú?

El ukelele emitió un sonido corto, como un bufido ofendido.

—Lo tomaré como un “no”.

Mientras hablaba, escuchó un crujido entre los arbustos. Cascabel levantó las orejas. Mañé tensó los hombros. En su mente ya imaginaba un monstruo gigante hecho de aceitunas vivientes, o una bandada de gallinas vengativas enviadas por la señora Rufina.

Pero no era ninguna de esas cosas.

Era un chico más o menos de su edad, flaco, despeinado y envuelto en una capa de tela que parecía improvisada con un mantel. Llevaba gafas redondas y una expresión de triunfo tímido.

—¡Ah! —exclamó el desconocido—. Te encontré.

Mañé dio un salto.

—¿Encontrarme? ¿Desde cuándo me buscan chicos de manteles parlantes?

—No es un mantel, es una capa —corrigió el recién llegado—. Soy Tirso, Guardián del Norte… en prácticas.

Hubo un silencio incómodo.

—¿En prácticas? —preguntó Mañé.

—Sí. Todavía no soy guardián de verdad. Me mandaron a observar algo sencillo, y pensé… bueno, tú vives solo entre olivos. Parecía una tarea segura.

Mañé miró a Cascabel, luego al makelele, luego al chico.

—Has subestimado mis días, Tirso en prácticas. Aquí pasan cosas complicadas. Hoy, por ejemplo, espanté gallinas a kilómetros de distancia.

Tirso abrió mucho los ojos.

—¿Usando magia?

—No. Usando música.

Hubo un breve silencio. Luego Tirso asintió lentamente, como si de pronto comprendiera el peligro al que se había expuesto.

—De acuerdo… —dijo—. Tal vez esto sea más difícil de lo que pensaba.

Y con esa frase empezó una conversación tan extraña como divertida. Tirso quería saberlo todo: por qué Mañé vivía allí, qué significaban los nombres de los olivos, cómo era posible que una liebre durmiera sobre su cabeza, qué tipo de magia tenía su makelele.

Mañé respondía con naturalidad absoluta, como quien explica las reglas de un juego que lleva años jugando solo. A medida que hablaban, la noche avanzaba, envolviendo el olivar con un aire íntimo.

Fue entonces cuando Bartolo, el olivo zurdo, volvió a crujir. Pero esta vez, el sonido fue mucho más fuerte.

Los dos muchachos se quedaron inmóviles.

—¿Eso fue normal? —preguntó Tirso.

—No —respondió Mañé con una sonrisa emocionada—. Normal nunca es cuando lo hace así.

Bartolo crujió otra vez, y una de sus ramas señaló hacia el sendero norte, como si fuese un dedo acusador hecho de corteza.

—Creo que quiere que vayamos allí —dijo Mañé.

—¿Ahora?

—Sí. A lo mejor tiene que ver contigo, Guardián en prácticas.

Tirso tragó saliva.

Y entonces Mañé se puso de pie, tomó su makelele —que se quejó con un chirrido antipático—, hizo una señal a Cascabel y dijo:

—Vamos. Esta noche empieza algo grande. O raro. O las dos cosas.

Y echó a andar hacia la oscuridad del sendero, confiado como quien va a una fiesta sorpresa. Tirso lo siguió, aunque su capa de mantel tembló un poco con el viento.

Detrás de ellos, los diecinueve olivos permanecieron en silencio. Pero si alguien les hubiera prestado atención muy de cerca, quizá habría escuchado un murmullo, un susurro vegetal, como si los árboles se estuvieran pasando un secreto entre sus ramas.

Algo estaba a punto de comenzar.

Algo que cambiaría las siguientes quinientas noches.

Y tal vez, también los olivos.

USER: santiago — 1309 palabras

Capítulo 2 — El Sendero del Norte (que no era tan norte)

El sendero del Norte siempre había sido un misterio… principalmente porque nadie estaba seguro de si realmente apuntaba al norte. Mañé afirmaba que sí porque “el nombre lo dice”, mientras que la señora Rufina insistía en que aquello iba hacia el noroeste tirando a oeste fuerte. Los mapas de la comarca, en cualquier caso, estaban dibujados por un señor que bebía más vino del recomendable, así que la orientación exacta era un tema eternamente debatible.

Pero esa noche, bajo la luna llena que parecía una moneda gigante olvidada en el cielo, el sendero brillaba con un tono plateado que lo hacía parecer casi… importante.

Cascabel trotaba delante, como si hubiera estado esperando este momento toda su vida —o al menos desde la última siesta—. Tirso caminaba detrás, vigilando cada arbusto con el temor de alguien que no había sido preparado para tareas nocturnas, a pesar de haberse autoproclamado Guardián en prácticas.

—Mañé —susurró—, ¿tienes idea de a qué vamos exactamente?

—¡Claro! —respondió él con entusiasmo—. Vamos a donde Bartolo señaló.

Tirso se detuvo.

—¿Y Bartolo… qué quiere?

Mañé se encogió de hombros.

—No lo sé. Bartolo nunca avisa. Solo cruje y señala. Es su manera de decir: “Anda, no seas vago”.

El makelele, colgado a la espalda, lanzó un quejido. Parecía molesto de estar al borde de una misión.

La caminata continuó hasta que Tirso tropezó con algo.

—¡Ay! ¿Qué es esto?

—Una piedra. De las grandes. De esas que están ahí desde antes de que existiera el pueblo.

El chico del mantel se incorporó, sacudiéndose.

—Creo que esta misión necesita más información.

—No te preocupes —dijo Mañé con solemnidad—. Las aventuras no necesitan información. Necesitan predisposición.

—¿Y tu instrumento también está predispuesto?

El makelele respondió con un ruido que sonó exactamente a “no”.

Siguieron avanzando hasta que el sendero desembocó en una explanada a la que los lugareños llamaban El Rincón del Susurro, no porque el viento susurrara, sino porque las cabras del señor Nicasio solían reunirse allí y balar como si conspiraran contra el pueblo.

Pero aquella noche no había cabras.
Solo una figura.

Una sombra baja, regordeta, con un gorro puntiagudo torcido y un farolillo en la mano.

Tirso tragó saliva otra vez. Últimamente parecía su actividad principal.

—¿Quién… es ese?

—No lo sé —dijo Mañé—, pero tiene pinta de necesitar un abrazo o un bocadillo.

La figura levantó el farol.

—¡Por fin habéis llegado! —gritó con voz ronca—. Llevaba horas esperando. Y eso que no sabía si veníais o no. Pero yo espero igual, que soy muy paciente.

Se acercó y pudieron ver que era un hombrecito de barba rojiza, barriga orgullosa y ojos grandes como aceitunas verdes.

—Me llamo Cornelio Bruma —anunció—, mensajero de la Orden del Tronco Celeste.

Mañé abrió la boca, impresionado. Tirso abrió la suya, confundido. Cascabel bostezó.

—Vengo a entregar un recado urgente —continuó Cornelio—. Para el joven que vive entre los diecinueve olivos.

—Ese soy yo —dijo Mañé, señalándose con el pulgar.

Cornelio levantó un pergamino tamaño XXL, lo desenrolló y carraspeó.

—“Estimado habitante de los diecinueve olivos:
Tu destino está enlazado con el nuestro.
Los árboles hablaron.
Y no les gustó lo que escucharon del viento.”

Silencio dramático.
O al menos lo intentó.

Tirso levantó tímidamente la mano.

—Perdón, ¿los árboles… hablaron? ¿A quién?

Cornelio lo miró como si le hubiera preguntado si las gallinas sabían matemáticas.

—A nosotros, claro. A la Orden del Tronco Celeste. Los árboles siempre hablan. Otra cosa es que ustedes los humanos normales no sepan escuchar.

Mañé puso cara de ofendido.

—Yo escucho a mis olivos. Bartolo y yo somos íntimos.

Cornelio lo evaluó de arriba abajo.

—Se ve. Tienes cara de amigo de árboles.

Luego enrolló el pergamino con exageración.

—En cualquier caso, estáis convocados. Esta noche.
Antes de la medianoche.
A la Montaña Hueca.

Tirso palideció.

—¿La Montaña Hueca? ¡Pero esa montaña tiene… tiene… hueco!

—De eso se trata, sí —respondió Cornelio, como quien confirma que el agua es mojada—. Si no, sería la Montaña Normal.

Luego dio media vuelta, se perdió entre los arbustos y desapareció dejando tras de sí un olor a romero y queso curado.

Mañé exhaló.

—Pues ya está. ¡Tenemos misión!

Tirso tembló como un flan.

—Esto… creo que necesito un manual para guardianes en prácticas.

—Tranquilo —dijo Mañé, pasándole el brazo por encima—. Yo tampoco sé qué estamos haciendo. Pero huele a aventura. Y el queso de ese señor también.

Cascabel saltó feliz.

Y así comenzó la marcha hacia la misteriosa Montaña Hueca.

Sin mapa.
Sin guía.
Con un makelele que parecía cada vez más enfadado.

Capítulo 3 — La Montaña Hueca (que no estaba tan hueca)

Llegar a la Montaña Hueca no era tan fácil como subir una montaña. No, no… era más parecido a recitar un poema en un idioma inventado mientras esquivas zarzas asesinas. Porque los caminos, por algún motivo, estaban vivos. O al menos, parecían tener la mala costumbre de cambiar de sitio cada vez que alguien intentaba seguirlos.

—Creo que ya hemos pasado este arbusto tres veces —dijo Tirso.

—¿Cómo lo sabes?

—Tiene forma de señora enfadada.

—Ah, sí. Ese es Clarisa. Es normal. Siempre está ahí.

Tirso volvió a tragar saliva.

—¿Los arbustos también tienen nombre?

—Solo los que lo piden.

El rodar de la noche avanzaba, y las luces de los insectos daban un ambiente casi festivo, como si todos hubieran asistido con linternas diminutas. En lo alto, la Montaña Hueca mostraba su silueta imponente, con una grieta enorme que la atravesaba de arriba abajo, como una sonrisa torcida.

El makelele vibró.

—Eso no fue una nota —dijo Mañé preocupándose por primera vez.

—¿Qué fue?

—Un escalofrío musical.

Al llegar a la entrada, una brisa fría los recibió con la elegancia de un soplido molesto.

—Hemos llegado… —murmuró Tirso.

—A la boca de la montaña —respondió Mañé—. Parece que tiene hambre.

Pero no estaban solos.

Una voz resonó dentro:

—Ya era hora. Pensé que os habíais perdido. Aunque con esas pintas, tampoco me sorprende.

De las sombras salió una mujer baja, robusta, con un casco de metal abollado y una capa hecha de corteza de árbol. Tenía aire de haber peleado más veces con cabras que con enemigos humanos.

—Soy Zoria del Tronco Celeste, guardiana del umbral —dijo sin entusiasmo—. Pasad. Pero no toquéis nada. Y que ese instrumento no grite demasiado. Aquí dentro, los ecos se enfadan.

El makelele emitió una nota muy suave. Como pidiendo perdón.

Caminando por la cueva, la pared parecía respirar. O tal vez era Zoria, que subía escaleras y se quedaba sin aire. No quedaba claro.

Al llegar al gran salón interior, la sorpresa fue mayúscula.

Había… muebles.
Cortinas.
Una alfombra.
Una tetera humeante en una mesa.

—Esto es muy… acogedor —susurró Tirso.

—Claro, ¿qué esperabas? ¿Una caverna de monstruos? —replicó Zoria—. La Orden del Tronco Celeste cuida este lugar desde hace generaciones. Y a veces nos reunimos a jugar al parchís.

De pronto, los muros vibraron.

Un sonido profundo, como un ronquido de gigante, recorrió la montaña.

Zoria alzó una ceja.

—Oh, no… Ya está despertando…

Mañé dio un paso atrás.

—¿Qué está despertando?

Zoria señaló la pared principal, donde una grieta tembló.

—La Montaña.
La Montaña Hueca… respira.

Y entonces, el suelo tembló, una corriente de aire caliente los empujó hacia atrás, y una voz retumbó desde algún lugar muy profundo:

—¿QUIÉN HA TRAÍDO UN UKELELE AQUÍ?

El makelele se tensó y lanzó una nota que sonó exactamente a “¡auxilio!”.

—Esto no pinta bien —dijo Tirso.

—Nada bien —repitió Mañé.

Zoria los miró con absoluta seriedad.

—Será mejor que corráis.

Y mientras el techo vibraba, la montaña gruñía y Cascabel huía dando volteretas de miedo, la aventura dio un giro inesperado.

Uno que Mañé no tenía claro si quería continuar…
pero que la Montaña Hueca estaba empeñada en desarrollar.

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Capítulo 2 — El Sendero del Norte (que no era tan norte)

El sendero del Norte siempre había sido un misterio… principalmente porque nadie estaba seguro de si realmente apuntaba al norte. Mañé afirmaba que sí porque “el nombre lo dice”, mientras que la señora Rufina insistía en que aquello iba hacia el noroeste tirando a oeste fuerte. Los mapas de la comarca, en cualquier caso, estaban dibujados por un señor que bebía más vino del recomendable, así que la orientación exacta era un tema eternamente debatible.

Pero esa noche, bajo la luna llena que parecía una moneda gigante olvidada en el cielo, el sendero brillaba con un tono plateado que lo hacía parecer casi… importante.

Cascabel trotaba delante, como si hubiera estado esperando este momento toda su vida —o al menos desde la última siesta—. Tirso caminaba detrás, vigilando cada arbusto con el temor de alguien que no había sido preparado para tareas nocturnas, a pesar de haberse autoproclamado Guardián en prácticas.

—Mañé —susurró—, ¿tienes idea de a qué vamos exactamente?

—¡Claro! —respondió él con entusiasmo—. Vamos a donde Bartolo señaló.

Tirso se detuvo.

—¿Y Bartolo… qué quiere?

Mañé se encogió de hombros.

—No lo sé. Bartolo nunca avisa. Solo cruje y señala. Es su manera de decir: “Anda, no seas vago”.

El makelele, colgado a la espalda, lanzó un quejido. Parecía molesto de estar al borde de una misión.

La caminata continuó hasta que Tirso tropezó con algo.

—¡Ay! ¿Qué es esto?

—Una piedra. De las grandes. De esas que están ahí desde antes de que existiera el pueblo.

El chico del mantel se incorporó, sacudiéndose.

—Creo que esta misión necesita más información.

—No te preocupes —dijo Mañé con solemnidad—. Las aventuras no necesitan información. Necesitan predisposición.

—¿Y tu instrumento también está predispuesto?

El makelele respondió con un ruido que sonó exactamente a “no”.

Siguieron avanzando hasta que el sendero desembocó en una explanada a la que los lugareños llamaban El Rincón del Susurro, no porque el viento susurrara, sino porque las cabras del señor Nicasio solían reunirse allí y balar como si conspiraran contra el pueblo.

Pero aquella noche no había cabras.
Solo una figura.

Una sombra baja, regordeta, con un gorro puntiagudo torcido y un farolillo en la mano.

Tirso tragó saliva otra vez. Últimamente parecía su actividad principal.

—¿Quién… es ese?

—No lo sé —dijo Mañé—, pero tiene pinta de necesitar un abrazo o un bocadillo.

La figura levantó el farol.

—¡Por fin habéis llegado! —gritó con voz ronca—. Llevaba horas esperando. Y eso que no sabía si veníais o no. Pero yo espero igual, que soy muy paciente.

Se acercó y pudieron ver que era un hombrecito de barba rojiza, barriga orgullosa y ojos grandes como aceitunas verdes.

—Me llamo Cornelio Bruma —anunció—, mensajero de la Orden del Tronco Celeste.

Mañé abrió la boca, impresionado. Tirso abrió la suya, confundido. Cascabel bostezó.

—Vengo a entregar un recado urgente —continuó Cornelio—. Para el joven que vive entre los diecinueve olivos.

—Ese soy yo —dijo Mañé, señalándose con el pulgar.

Cornelio levantó un pergamino tamaño XXL, lo desenrolló y carraspeó.

—“Estimado habitante de los diecinueve olivos:
Tu destino está enlazado con el nuestro.
Los árboles hablaron.
Y no les gustó lo que escucharon del viento.”

Silencio dramático.
O al menos lo intentó.

Tirso levantó tímidamente la mano.

—Perdón, ¿los árboles… hablaron? ¿A quién?

Cornelio lo miró como si le hubiera preguntado si las gallinas sabían matemáticas.

—A nosotros, claro. A la Orden del Tronco Celeste. Los árboles siempre hablan. Otra cosa es que ustedes los humanos normales no sepan escuchar.

Mañé puso cara de ofendido.

—Yo escucho a mis olivos. Bartolo y yo somos íntimos.

Cornelio lo evaluó de arriba abajo.

—Se ve. Tienes cara de amigo de árboles.

Luego enrolló el pergamino con exageración.

—En cualquier caso, estáis convocados. Esta noche.
Antes de la medianoche.
A la Montaña Hueca.

Tirso palideció.

—¿La Montaña Hueca? ¡Pero esa montaña tiene… tiene… hueco!

—De eso se trata, sí —respondió Cornelio, como quien confirma que el agua es mojada—. Si no, sería la Montaña Normal.

Luego dio media vuelta, se perdió entre los arbustos y desapareció dejando tras de sí un olor a romero y queso curado.

Mañé exhaló.

—Pues ya está. ¡Tenemos misión!

Tirso tembló como un flan.

—Esto… creo que necesito un manual para guardianes en prácticas.

—Tranquilo —dijo Mañé, pasándole el brazo por encima—. Yo tampoco sé qué estamos haciendo. Pero huele a aventura. Y el queso de ese señor también.

Cascabel saltó feliz.

Y así comenzó la marcha hacia la misteriosa Montaña Hueca.

Sin mapa.
Sin guía.
Con un makelele que parecía cada vez más enfadado.

Capítulo 3 — La Montaña Hueca (que no estaba tan hueca)

Llegar a la Montaña Hueca no era tan fácil como subir una montaña. No, no… era más parecido a recitar un poema en un idioma inventado mientras esquivas zarzas asesinas. Porque los caminos, por algún motivo, estaban vivos. O al menos, parecían tener la mala costumbre de cambiar de sitio cada vez que alguien intentaba seguirlos.

—Creo que ya hemos pasado este arbusto tres veces —dijo Tirso.

—¿Cómo lo sabes?

—Tiene forma de señora enfadada.

—Ah, sí. Ese es Clarisa. Es normal. Siempre está ahí.

Tirso volvió a tragar saliva.

—¿Los arbustos también tienen nombre?

—Solo los que lo piden.

El rodar de la noche avanzaba, y las luces de los insectos daban un ambiente casi festivo, como si todos hubieran asistido con linternas diminutas. En lo alto, la Montaña Hueca mostraba su silueta imponente, con una grieta enorme que la atravesaba de arriba abajo, como una sonrisa torcida.

El makelele vibró.

—Eso no fue una nota —dijo Mañé preocupándose por primera vez.

—¿Qué fue?

—Un escalofrío musical.

Al llegar a la entrada, una brisa fría los recibió con la elegancia de un soplido molesto.

—Hemos llegado… —murmuró Tirso.

—A la boca de la montaña —respondió Mañé—. Parece que tiene hambre.

Pero no estaban solos.

Una voz resonó dentro:

—Ya era hora. Pensé que os habíais perdido. Aunque con esas pintas, tampoco me sorprende.

De las sombras salió una mujer baja, robusta, con un casco de metal abollado y una capa hecha de corteza de árbol. Tenía aire de haber peleado más veces con cabras que con enemigos humanos.

—Soy Zoria del Tronco Celeste, guardiana del umbral —dijo sin entusiasmo—. Pasad. Pero no toquéis nada. Y que ese instrumento no grite demasiado. Aquí dentro, los ecos se enfadan.

El makelele emitió una nota muy suave. Como pidiendo perdón.

Caminando por la cueva, la pared parecía respirar. O tal vez era Zoria, que subía escaleras y se quedaba sin aire. No quedaba claro.

Al llegar al gran salón interior, la sorpresa fue mayúscula.

Había… muebles.
Cortinas.
Una alfombra.
Una tetera humeante en una mesa.

—Esto es muy… acogedor —susurró Tirso.

—Claro, ¿qué esperabas? ¿Una caverna de monstruos? —replicó Zoria—. La Orden del Tronco Celeste cuida este lugar desde hace generaciones. Y a veces nos reunimos a jugar al parchís.

De pronto, los muros vibraron.

Un sonido profundo, como un ronquido de gigante, recorrió la montaña.

Zoria alzó una ceja.

—Oh, no… Ya está despertando…

Mañé dio un paso atrás.

—¿Qué está despertando?

Zoria señaló la pared principal, donde una grieta tembló.

—La Montaña.
La Montaña Hueca… respira.

Y entonces, el suelo tembló, una corriente de aire caliente los empujó hacia atrás, y una voz retumbó desde algún lugar muy profundo:

—¿QUIÉN HA TRAÍDO UN UKELELE AQUÍ?

El makelele se tensó y lanzó una nota que sonó exactamente a “¡auxilio!”.

—Esto no pinta bien —dijo Tirso.

—Nada bien —repitió Mañé.

Zoria los miró con absoluta seriedad.

—Será mejor que corráis.

Y mientras el techo vibraba, la montaña gruñía y Cascabel huía dando volteretas de miedo, la aventura dio un giro inesperado.

Uno que Mañé no tenía claro si quería continuar…
pero que la Montaña Hueca estaba empeñada en desarrollar.

4222 palabras — 17 páginas — 14% de 30000 palabras

  • USER: Juan de dios jaen rodriguez — 7 páginas (1604 palabras)
  • USER: santiago — 11 páginas (2618 palabras)

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